Cuando escribo

Una vez una mujer me miró a los ojos y me dijo «eres como un libro abierto». No pude más que sonreír y suspirar porque sí, pensando una respuesta que no llegué a formular. Y ahora sentado frente al ordenador, como tantas otras veces, me pregunto «¿de verdad soy cómo un libro abierto? Cada sonrisa que dedico, cuando a veces ni siquiera escucho lo que me están diciendo, ¿son sonrisas de verdad?». No estoy seguro, de modo que sigo escribiendo.

Resulta útil hacerse el duro de vez en cuando, dejando las cosas claras y sometiéndote a pensar que solo vas a seguir tus propias normas; imponiendo respeto y estabilidad. Pero te quedas sin argumentos cuando ni siquiera tú mismo te respetas; cuando no eres capaz de sostenerte en pie si te quedas solo, con las puertas cerradas, en plena penumbra. Vagando entre un escalofriante y avasallador tumulto de recuerdos dementes. Y caes. El suelo está frío y te quieres levantar, pero está oscuro y no ves tus pies, olvidas caminar. Y decides no moverte. Y sigues recordando. Y te olvidas de olvidar.

Son esas situaciones en las que sientes un nudo en la garganta; ensanchándose, ardiendo con vehemencia, sometiéndote a gritar con desespero. Es la agonía, disfrazada de amargura, congelando la dicha, destripando tu alma. Son tus uñas, las que arañan tu pecho; es tu sangre, tatuada con el frío aliento de la soledad, la que se derrama por tus dedos. Eres tú, el que está muerto en vida.

Por eso no miento cuando me digo a mí mismo que tengo miedo. Tras mi marcha dejé atrás un bonito jardín de caras sonrientes y lagrimosas, diciéndome «hasta pronto». Las mismas caras que antaño me animaron a reír y rieron conmigo. Las mismas caras que estaban ahí para tumbarse junto a mí en el suelo buscando estrellas, haciéndome más soportable el frío del asfalto. Esas caras que ahora tanto echo de menos. Pero aprender de su ausencia también me hace crecer. Superar el dolor es un buen modo de estar bien. Por eso, y mucho más, decido que todas las sonrisas que dedico son de verdad; porque al igual que puedo llorar de alegría, también puedo reír de agonía.

Y ahora me vuelvo a preguntar «¿de verdad soy como un libro abierto?». Sonrío, y sin ironía, respondo:

«Definitivamente, sí… cuando escribo

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