CUENTO: Como la sangre (la Bella y la Bestia 20 años después)

Conoces la historia de la Bella y la Bestia, te sabes las canciones pero… ¿sabías que Bella tuvo, en realidad, dos hermanas malvadas que le hacían la vida imposible y que fueron petrificadas a las puertas de palacio, condenadas a contemplar su felicidad? Esto no es una reinvención del cuento, es lo que ocurrió 20 años después: una historia de venganza…

Como la sangre

©Jonathan Naharro
Diseño de portada y corrección: Jonathan Naharro
Tipo: Cuento
Género: Fantasía
Imagen sacada de Pixabay

Curiosidad: Este es un cuento que he redactado como un trabajo para la semana de Sant Jordi en la escuela de adultos Dolors Paul de Cunit.


Veinte años habían pasado desde que el hada buena convirtiera en piedra a las hermanas de la Bella -condenadas a contemplar la felicidad de esta y sus descendientes durante el resto de la eternidad- cuando por fin tuvieron la oportunidad de vengarse. Celosas como solo ellas sabían ser, iban acumulando un rencor creciente en sus corazones.

Fueron testigos de la gran fiesta que se organizó en palacio para celebrar la boda de la Bella y la Bestia -ahora príncipe- a la que acudieron gentes de todos los reinos cercanos, y también de reinos lejanos. Canciones surgieron, cuentos que narraban la historia de la joven, a cada cual más disparatada. Los juglares convirtieron a la Bella en una joven heroína, añadiendo proezas que, según sus hermanas, no le pertenecían.

En los reinos, tanto en los cercanos como en los lejanos, todo el mundo quería y admiraba a la Bella y a la Bestia, y más gala se hizo en las celebraciones tras el nacimiento de su hija.

-Es incluso más bella que su madre -decían los pueblerinos, condes y duquesas que asistieron al bautizo.

Y no erraban en su observación.

La niña creció hasta convertirse en una joven de voz melódica y dulce sonrisa, siempre al amparo de sus padres henchidos de orgullo. A la familia, además, gustaba compartir su felicidad con el resto y siempre ayudaban a los más desamparados, otorgando asilo y trabajo en su palacio, o abriendo las puertas una vez por semana para que las gentes acudieran en busca de alimentos, ropas u oro para vestir a sus hijos.

Pero, en contra de todo pronóstico, la dicha de la familia estaba en peligro. Un peligro albergado en las puertas de palacio, pues las hermanas petrificadas de la Bella hicieron un juramento silencioso: matarían a la joven y a su esposo, y encerrarían a la hija en la celda más húmeda y oscura del castillo.

Ocurrió veinte años después de su condena, una oscura noche sin luna en la que el viento azotaba sin piedad contra los torreones de palacio: el hada malvada que en su día convirtiera al príncipe en la Bestia fue arrastrada por los vientos furiosos y fue a chocar contra una de las estatuas que servían de centinelas en el gran portón. El hada -pues las hadas son capaces de leer los sentimientos de las criaturas que pueblan esta tierra- se sintió atraída por las emociones negativas de sendas hermanas y, extasiada por ello y a la vez irritada porque su hechizo se había roto, despetrificó a las malvadas hermanas con un toque de varita.

-Culminad vuestra venganza -les dijo, entregándoles un puñal rojo como la sangre-. Haced uso de este puñal para atravesar con él a vuestra hermana y a su esposo, y apoderaos de su castillo, pues su felicidad os pertenece.

Las dos jóvenes malvadas no necesitaron que el hada se lo repitiese dos veces y, sin hacer ruido alguno, subieron a los aposentos donde, plácidamente, dormía el matrimonio feliz. Primero acabaron con el príncipe, alertando a la Bella, que despertó y lloró desconsolada abrazada al cuerpo de su esposo. El abatimiento de la joven se les otorgó dichoso, y más dichosas se sintieron aún cuando atravesaron su corazón con la hoja empañada de la roja sangre del príncipe.

Después, se acercaron a los aposentos donde dormía la hija y, agarrándola del pelo, la arrastraron escaleras abajo y la dejaron encerrada, tal y como habían jurado, en la celda más húmeda y oscura; junto a las ratas.

Las dos hermanas tiñeron con la sangre de la Bella y la Bestia las blancas rosas del jardín que tanto amaba el matrimonio cuando estaba en vida, esas rosas que habían tenido un papel tan importante en la unión de ambos. Y así, el palacio se convirtió esa noche en su hogar.

No obstante, la amargura no las abandonó y por ello decidieron organizar un gran baile para que todos los reinos, cercanos y lejanos, conocieran el final de la Bella y la Bestia; para que los juglares y contadores de historias cantaran canciones en las que ellas dos fueran las protagonistas, convencidas de que convertirían su vil acto en proeza, pues ellas eran las que habían acabado con la Bestia y con la joven ilusa que había caído en su malvado hechizo.

¡Qué ingenuas fueron! Pues ni caballeros ni campesinos tardaron en reunirse en el bosque con antorchas y armas de toda clase, decididos a matar a las malvadas hermanas que habían asesinado a la gentil Bella y su amado. Las malvadas hermanas, que esperaban emocionadas vestidas con las mejores galas que habían robado a la Bella, al ver acercarse a la multitud, cerraron las puertas de palacio y se escondieron en la torre más alta, temblando de puro terror.

Histéricas, se unieron en una plegaria llamando al hada que les había devuelto a la vida, pero esta no apareció: les había prometido la felicidad y después las había abandonado a su suerte.

Los furiosos campesinos y caballeros echaron la puerta abajo, y buscaron por todo el castillo hasta dar con la hija de la Bella y la Bestia, a la que rescataron de casi ser comida por las ratas. Luego, con las antorchas en mano, subieron a la torre más alta donde se escondían las dos malvadas hermanas y lograron entrar en la estancia por la fuerza.

Las dos mujeres suplicaron piedad, pero las gentes cuyos corazones sangraban por la pérdida de la gentil Bella y su amado, las arrastraron escaleras abajo, como ellas hicieran con la hija de su hermana, y las quemaron vivas ante las puertas de palacio.

Los gritos resonaron por todo el bosque, y las rosas teñidas de sangre se marchitaron. No obstante, en medio de las marchitas, nacieron dos rosas jóvenes: completamente blancas y resplandecientes.

Eran las almas de la Bella y la Bestia que, una vez exterminado el mal de su castillo, habían logrado volver. Quizás para velar por su hija, que ahora vivía sola y había reanudado las buenas acciones que en su día realizaron sus padres. Quizás para demostrar que, incluso en la muerte, los dos amantes habían logrado reunirse, para permanecer juntos durante el resto de la eternidad.

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