La calle 24 (relato de terror)

«Dicen que si pasas a solas por la calle 24, un día 24 a las 24 horas, y te dejas embaucar por el miedo, este se volverá en tu contra y se llevará tu vida.»

©Jonathan Naharro
Diseño de portada: Jonathan Naharro
Corrección: Lorena S. Gimeno
Imagen sacada de Pixabay


Las suelas de tus botas repiquetean contra los adoquines de la silenciosa calle 24. Caminas con un frenético nerviosismo sin fijarte especialmente en tu alrededor, entonando una expresión preocupada e inquieta. Poco te importa la falta de actividad en el pasaje o el hecho de que no parezca habitar ni un alma en los edificios de los lados; cuyas fachadas permanecen maltrechas y llenas de grafitis incomprensibles para ti. Las farolas te otorgan una luminosidad parpadeante y sucia y a duras penas te permiten diferenciar las distintas siluetas formadas por las montañas de basura y deshechos.

Mas no te preocupas por las sombras, ni por el pestilente hedor que en otras ocasiones te ha provocado arcadas.

Sacas el móvil del bolsillo derecho del tejano al tiempo que te pasas la otra mano por la cabeza. Al desbloquearlo, el número de esa persona aparece sin necesidad de buscarlo y, por enésima vez esta noche, le das a la tecla de llamar.

Después de tres pitidos, responde el mensaje grabado para el contestador automático; y sientes la tentación de estampar el aparato contra un cubo de basura.

Así que decides acelerar tu paso, aunque en un incómodo instante te parece tener la sensación de que la calle se va alargando y alargando; como si nunca llegase su final. Sin embargo, de momento no te dejas llevar por esa irracional vocecilla que te recuerda que te encuentras andando por la vía sobre la cual circulan inquietantes leyendas urbanas.

Desbloqueas el teléfono de nuevo y vuelves a probar suerte llamando a esa persona, con el mismo resultado.

De modo que le envías un mensaje amenazador, con cierto enfado.

Pues tienes fuertes sospechas de que está haciendo algo indebido.

Te exasperas, vuelves a guardar el móvil en el bolsillo derecho y te abrazas. Muy a pesar de estar sudando y de la asfixiante humedad en el ambiente, no logras reprimir un escalofrío repentino.

Al instante, se te eriza el bello del cogote, como si alguien te estuviese observando.

Te detienes y te das la vuelta.

Entrecierras los ojos para observar las sombras ocultas, allá donde la amarillenta luz de las farolas no alcanza. La humedad, densa y casi palpable, presentándose como una débil neblina. Pequeñas zarzas de espino recubriendo algunas de las paredes y balcones, el cielo, prácticamente encapotado donde apenas se aprecia alguna estrella o una medialuna lejana, y la absoluta y completa quietud.

Es en este momento en el das importancia a la falta de actividad, casi antinatural, que aprecias en la calle.

No es la primera vez que pasas por aquí; muchas otras noches has tenido que atravesarla para ir o venir de casa de esa persona. En especial, recuerdas la cantidad de veces que te has obligado a acelerar el paso porque un gato se te ha quedado mirando.

Pero, en esta ocasión, no hay felino alguno que te ponga la piel de gallina.

Y sin embargo la sensación de que alguien te observa aún sigue erizándote bello de la nuca. Tragas saliva, ignorando una aguda punzada en el hombro izquierdo. Y prosigues tu camino.

No obstante, tu entorno pesa sobre ti de un modo que densifica el oxígeno y te agita el pulso, ya que tus pulmones se contraen por la humedad.

Empiezas a jadear muy levemente.

Y una gota de sudor te cae por la sien izquierda.

Miras hacia el final de la calle, y de nuevo tienes la sensación de que se te está haciendo eterna. Apenas eres capaz de vislumbrar la bocacalle entre la oscuridad y la humedad, que parece volverse más densa por momentos.

Vuelves a sentir ese erizar en el cogote, la sensación de que alguien te está mirando. Sin embargo, en estos momentos, opinas que la mejor opción es atravesar la calle 24 lo más rápido posible y sin llamar la atención.

Instintivamente, aceleras tu paso y te arrepientes de haberte puesto estas botas; ya que su golpeteo contra las losas se te otorga inoportunamente ruidoso.

¡Tap, tap, tap…!

De repente, sientes que te asusta llamar la atención.

Cabeceas un par de veces, tratando de disipar pensamientos estúpidos y te centras en el final del camino; haciendo todo lo posible por no fijarte en el ambiente.

Sin embargo, un movimiento se produce ante ti.

¡Clonc!

Ha sonado a algo metálico, como una lata cayendo de una montaña de deshechos situada en algún lugar del lado derecho de la calle.

Ha sido suficiente para lograr que te detengas.

Vuelves a notar una gota de sudor caer por tu sien izquierda. Y sientes que todo tu cuerpo se contrae instintivamente. Se te pone la piel de gallina y reprimes un escalofrío.

Entrecierras los ojos de nuevo, alerta, mientras tratas de controlar la respiración y permanecer en el más absoluto silencio.

Tampoco te atreves a moverte. Te encuentras ahí, con parte del cuerpo levemente iluminado por una farola; medio ocultándote en las sombras.

Aguzas el oído tratando de captar el más mínimo movimiento.

Pero no oyes nada.

Literal y absolutamente nada.

Es extraño, puesto que te encuentras en una ciudad donde, incluso de noche, el ruido es natural, en mayor o menor medida, allá donde vayas. Sin embargo, no oyes voces a lo lejos. Tampoco aprecias el sonido de coches circulando… No oyes absolutamente nada.

Y eso te inquieta más de lo debido.

¿Qué haces?

¿Echar a correr aún a riesgo de que haya alguien delante de ti, oculto entre los escombros, que pueda hacerte una embestida por sorpresa?

¿Quedarte inamovible inútilmente?

Te tomas unos segundos para sopesar tus opciones.

Finalmente, te mueves sigilosamente hacia la pared de tu izquierda, el lado opuesto del que has percibido el sonido, y te pegas al yeso aun a riesgo de mancharte de blanco.

Lo sientes frío bajo la fina camiseta, y te abrazas de nuevo.

Ahora que te encuentras fuera del alcance de la luz de la farola, tragas saliva para reprimir la paranoia y crees sentirte con el suficiente valor para avanzar.

Das un paso.

Dos.

Tres.

Nada ocurre y sigues andando.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Los vas contando instintivamente, por el simple hecho de mantener los pensamientos alejados de los artículos que has leído sobre la calle 24.

Siete.

Ocho.

Nueve.

Diez.

Mientras caminas, no dejas de mirar un solo segundo en dirección al lugar donde crees haber oído el sonido.

Te encuentras apenas a unos pocos pasos de ese lugar.

Once.

Doce.

Trece.

Catorce.

Llegas.

Contienes la respiración.

Te pones alerta y observas.

Sientes el palpitar en la sien; te molesta. De repente sientes el mismo palpitar en el pecho, pero con más intensidad. Notas frío el sudor que te recubre los brazos pegajosos y tratas de divisar algún movimiento sospechoso en la oscuridad. Observas las sombras a las que no alcanza la luz y tratas de intuir qué es cada silueta. Sin embargo, fijándote, empieza a darte la sensación de que todas y cada una de las formas que logras apreciar podrían ser alguien, o algo, acechando y esperando que te acerques lo suficiente.

Decides mirar el asunto con objetividad, pero eres consciente de que ha llegado un punto en el que has traspasado la delgada línea entre la objetividad y la paranoia; y ahora mismo te falta valor para dar un paso más.

De repente, sientes un movimiento en el muslo derecho.

Y pegas un chillido al tiempo que das un salto.

Una melodía conocida.

El muslo te sigue vibrando y suspiras: es tu móvil.

Te acuerdas de qué haces en esta calle y, rápidamente, introduces la mano en el bolsillo. Cuando miras la pantalla, ves que se trata de esa persona, que te está llamando.

Contestas y dices rápidamente su nombre y, de repente…

Pip, pip, pip…

Se ha cortado la llamada.

Frunces el ceño, te obstinas y la devuelves.

Piiiiiip… piiiiiip…

Los pitidos te exasperan. Estás pensando que, si te acaba de llamar, por qué demonios tiene que tardar tanto en contestar cuando, de nuevo, te responde el contestador.

Pones los ojos en blanco y vuelves a enviarle un mensaje con enojo. Una vez enviado, te fijas en la hora: son las 23:56. Es tarde, pero no te importa. Te guardas el móvil en el bolsillo y empiezas a andar sin más.

Aún no se te ha pasado el miedo; sin embargo, el enfado que llevas encima logra eclipsarlo, en parte. De modo que sigues avanzando sin mirar las sombras acechantes. Te fijas en el final de la calle y tratas de alcanzarlo.

La humedad que emborrona el entorno es cada vez más y más densa, de forma que ahora parecen haber pequeños bancos de niebla flotando en derredor. Incluso el desvío que hay en la bocacalle, iluminado por una farola parpadeante, parece emborronarse.

Y nuevamente tienes la sensación de que, por más que camines, no logras llegar allí.

Te detienes una vez más y te das cuenta de que estás jadeando —por el nerviosismo, has acabado andando más rápido de lo que pretendías—. Echas la vista atrás para apreciar cuánto has avanzado y te llevas una sorpresa.

Apenas eres capaz de vislumbrar la entrada a la calle, ese corto y oscuro túnel lleno de grafitis por el que has llegado. En este momento, paranoia y objetividad se te otorgan conceptos relativos y no te queda más remedio que aceptar que algo va realmente mal.

No te ha dado la sensación de estar andando más de lo debido: lo has hecho. Ante ti, se extiende el largo trecho que has recorrido. Un trecho con más longitud de la que le toca y comprendes que la calle se ha alargado de un modo anti-natural.

Empiezas a respirar con dificultad de nuevo.

Y te dejas llevar por el miedo.

No te lo piensas dos veces; echas a correr.

Hacia el final de la calle y sin apartar la vista de allí. Corres todo lo rápido de lo que eres capaz y, aun así, el giro que deseas tomar no llega; no te acercas.

Echas la vista atrás, aún sin dejar de correr, y te das cuenta de que la niebla ha empezado a nublar por completo el sendero. Ya no eres capaz de vislumbrar el túnel por el cual has accedido a la calle.

Y apresuras el paso al tiempo que devuelves la vista al frente.

Pero trastabillas, gritas y caes al suelo.

Pones los brazos por delante para protegerte la cara y en el impacto sientes el raspar de los adoquines en tus codos.

Esto te arranca un alarido de dolor.

Y te dispones a incorporarte cuando oyes un nuevo sonido:

Tap…, tap…, tap…

Se te contrae el cuerpo y pones los ojos como platos. Sientes las frías losas enviarte oleadas de contracción a través de los nervios y sientes de nuevo el sudor en tu sien.

Tap…, tap…, tap…

Son pasos, y te da la sensación de sentirlos en tus yemas, en los codos, a través del suelo, y en los tímpanos. Tu pulso se acelera, tu respiración se agita de nuevo.

Tap…, tap…, tap…

«Son solo pasos», te dices. Seguramente sea alguien que, como tú, ha decidido pasar por allí por un motivo que a nadie le incumbe. No tienes que asustarte y decides que es absurdo quedarte de bruces contra el suelo.

Te incorporas con total normalidad, como quien no quiere la cosa y te dispones a andar cuando…

Tap…, tap.

Los pasos se detienen. Por un instante, temes haber asustado a su dueño así que te detienes tú también y te giras.

Pero no ves a nadie.

Entrecierras los ojos por enésima vez esta noche y dibujas las siluetas que ves con tus pupilas. Pero sigues sin ver al dueño de los pasos, y sientes que se te pone la piel de gallina.

Tap…, tap…, tap…

Los pasos vuelven a sonar. Vuelves a sentir oleadas de frío por todo el cuerpo. Pues los estás oyendo a tu espalda.

Como si el dueño de estos te hubiera pasado de largo hacia la bocacalle. Sin embargo, sabes que es físicamente imposible que te hayan adelantado sin que te dieras cuenta.

Y haces lo más racional que se te ocurre en este momento.

Echas a correr.

Pero no corres hacia la misma dirección que antes: esta vez has decidido que te apetece acurrucarte bajo la manta y hacer como si aquí no hubiera pasado nada.

Ya no te importa lo que tenías que hacer.

¡Tap-tap-tap…!

Los pasos han echado a correr también y sabes que te siguen.

Chillas por puro reflejo, y aceleras al tiempo que tratas de divisar el túnel por el que has entrado antes, ahora oculto por una niebla a cada instante más densa.

Pero, una vez más, tienes la sensación de que la callejuela de desechos se alarga y se alarga y no eres capaz de alcanzar tu meta.

Vuelves a sentir la vibración del móvil en tu muslo, y la melodía de llamada.

Sin dejar de correr, metes la mano en el bolsillo derecho y te haces daño en el dorso por culpa del apremio. Ves el nombre de esa persona y te dispones a contestar para pedir ayuda cuando el teléfono te resbala de las manos y cae al suelo.

Cesa la melodía, y también los pasos que te siguen.

Te detienes instintivamente al tiempo que diriges la mirada al lado opuesto al que te dirigías y te agachas cautelosamente para recoger el aparato.

Pero sigues sin ver a nadie.

Por instinto, echas la vista ahora hacia la dirección opuesta, temiendo que los pasos se hayan tele-transportado de nuevo. Y en esta ocasión obtienes el mismo resultado que en las otras: nada más que basura y sombras en la oscuridad.

No dudas más, desbloqueas el teléfono y buscas un contacto cercano al que puedas pedir ayuda. Lo encuentras, y llamas.

Suena una música en la calle, y te sobresaltas.

Viene de unas bolsas de basura que hay a tu izquierda, y reconoces la melodía.

Te acercas con cautela siguiendo el sonido y divisas un móvil puesto sobre los desechos. Tragas saliva, pero alargas la mano y lo coges. Lo sientes vibrar en tu palma y aprecias tu nombre en la pantalla.

Cuelgas.

Sientes que el terror se ha apoderado de ti por completo.

Y entonces, notas una repentina presión en la muñeca derecha.

Sueltas un grito asustado al tiempo que te apartas del lugar instintivamente, y te das cuenta de que algo se ha cernido a tu brazo.

Pegas un brusco tirón para desasirte. Pero al conseguirlo trastabillas de nuevo y caes al suelo de culo, sintiendo el impacto en los huesos y por toda la columna.

Oyes cómo algo se remueve en las bolsas de basura y, casi sin poder creértelo, eres testigo de cómo un brazo sobresaliente de la rotura de una de ellas, revestido por la manga de una túnica oscura, comienza a destripar la bolsa. De la misma rotura sale otro brazo, y pronto ves una cabeza encapuchada emerger de la mismísima bolsa.

Te pones en pie sin pensártelo siquiera y te dispones a correr de nuevo, pero el encapuchado rápidamente se lanza tratando de caer sobre ti.

No lo logra y cae de bruces; sin embargo, al instante sientes una presión alrededor del tobillo izquierdo que te hace perder el equilibro.

Esta vez no logras poner los brazos a tiempo y sufres el impacto en tu barbilla, mordiéndote la lengua y sintiendo el oxidado sabor de tu sangre.

Por un momento, se te emborrona la vista por culpa del dolor que te recorre toda la mandíbula y tu quejido queda un tanto amortiguado por tus manos cuando te las llevas a la barbilla.

Sin embargo, la adrenalina te incita a ponerte en pide de nuevo.

Pero no te da tiempo a ello cuando notas que alguien tira de tu brazo izquierdo. Te resistes, pero tiene más fuerza que tú y no tarda en ponerte bocarriba.

Entre los forcejeos, eres capaz de ver la silueta del individuo y piensas que te da absolutamente igual quién se halle tras la capucha. Forcejeas con más fuerza al tiempo que notas que se pone sobre ti.

Chillas y tratas de propinarle puñetazos, pero logra apresarte sendas muñecas con una sola mano y te las presiona fuertemente contra los adoquines, por encima de tu cabeza. Tiene una fuerza descomunal y tú sientes que la ansiedad se apodera de ti.

Sin embargo, el encapuchado te observa impasible tras la oscuridad que envuelve su rostro mientras tú te rebelas en el suelo. Ladea la cabeza y, sin más, saca algo afilado de un bolsillo interior de su túnica.

Y sientes que se te para el corazón.

Se trata de alguna especie de puñal; de un plateado que reluce fantasmalmente bajo la sucia luz de una farola cuando el atacante lo alza sobre su cabeza.

Forcejeas con más fuerza y tu rodilla topa fuertemente contra algo. Tu atacante se retuerce un instante, siempre sin proferir sonido alguno, pero es una oportunidad que no desaprovechas: tiras de tus brazos con todas tus fuerzas y logras zafarte de sus dedos no sin llevarte unos arañazos en el dorso de tus manos. Luego, sin saber exactamente como, te impulsas con los brazos y las piernas para echar al encapuchado hacia un lado. Al instante, tus piernas reaccionan mucho antes de que se te ocurra pensarlo y te incorporan para echar a correr sin fijarte en la dirección.

No necesitas darte la vuelta para comprender que tu atacante ha echado a correr también tras de ti. Oyes sus pasos a tu espalda mientras chillas instintivamente y sientes el pulso acelerado palpitar en tu sien. Notas también el latido de tu corazón, encolerizado, deseando salir disparado de tu pecho.

Sientes también un calambre en la pierna derecha, en el gemelo; pero te obligas a no darle importancia: a no detenerte.

¡Tap-tap-tap…!

Tus pasos y los del encapuchado resuenan como un eco infernal en la calle 24 mientras huyes para salvar tu vida. Ni siquiera se te pasa por la cabeza la idea de detenerte y luchar. Algo que siempre habías considerado lógico mientras veías películas de terror cómodamente en casa, ahora que protagonizas el relato, no te parece tan buena idea.

Actualmente no dispones de algo que te oriente y no puedes asegurar si corres hacia la salida, o hacia la entrada a través del túnel: la niebla te rodea casi por completo, prácticamente impidiéndote ver incluso las montañas de basura que hay a los lados; o las paredes, de las que no eres capaz de ver más que pequeños fragmentos allá donde la humedad se condensa con menos densidad. Y, por descontado, no ves el final de la calle, ni el principio.

Simplemente aprecias una callejuela excesivamente larga y sin salida.

Sudas a mares mientras la pierna derecha te envía calambres con cada paso, pero ignoras el dolor. Sientes ansiedad al respirar el oxígeno, retorcidamente denso, y al oír los pasos de tu perseguidor cada vez más cerca.

Demasiado.

Comprendes que no lograrás huir, que ha llegado el final.

Eres consciente de que hoy es 24 de julio, y que sientes el terror asentado en tus carnes.

Y por tu cabeza vuelven a zumbar las noticias de la cantidad de muertes extrañas que ha habido en esta calle los últimos meses. Todos, muertos a la misma hora, un día 24 y, como diagnóstico, un simple ataque al corazón.

No quieres ser uno de esos casos.

No quieres morir.

En eso estás pensando cuando, poco a poco, empiezas a divisar una nueva silueta ante ti.

En un principio parece un simple borrón alargado en medio de la neblina. Pero conforme más te acercas, vas comprobando que tiene forma humanoide.

Y un cálido matiz te atenaza el pecho.

Oyes los pasos de tu perseguidor, cerca, aunque no tanto como antes.

Y tu pensamiento se divide en tres: por un lado, tienes la posibilidad de pedir auxilio. Por otro lado, piensas en la posibilidad de que tu perseguidor decida hacerle daño a esa otra persona.

Y por otro, temes que quien tienes delante sea cómplice de quien tienes detrás.

Pero esta última opción queda descartada al percibir el uniforme azulado de la persona, cuya silueta ya logras apreciar certeramente y eres capaz de ver que se trata de un hombre.

De un policía.

Rápidamente empiezas a gritar, pides auxilio.

Pero el policía sigue andando como si nada, impasible.

Haces gestos con las manos, tratando de llamar su atención cuando te das cuenta de que hay un par de cables cayendo de sus orejas.

Son cascos, y algo te dice que no oirá nada de lo que le digas.

Pero en tu desespero, sigues pidiendo ayuda y haciendo gestos muy a pesar de ser consciente de que el hecho te ralentiza.

Unos momentos después, que a ti se te han hecho eternos, has llegado prácticamente a donde se encuentra el agente; andando impasible mientras escucha música sin fijarse en su entorno, sin fijarse en ti.

Le gritas que te ayude, que hay un loco persiguiéndote.

Pero el hombre ni se inmuta, sigue caminando hacia ti.

Cuando por fin logras llegar a su altura, en un impulso le agarras del brazo y te dispones a tirar de él. Pero no parece inmutarse y tienes la sensación de que dispone de una fuerza descomunal al tirar tú con tanto ímpetu y no lograr que se mueva ni un centímetro; y todo sin que lo veas hacer un mínimo esfuerzo.

¡Tap-tap-tap…!

Oyes los pasos del perseguidor endemoniadamente cerca y decides que tu propia vida es más importante que la del policía, de modo que lo dejas ir y…

Echas a correr de nuevo.

Todo lo que puedes, incluso más de lo que corrías antes. Ya ni siquiera eres consciente de los calambres que sientes en las piernas; ya solo piensas que debes salvar la vida, a como dé lugar.

Te atreves, no obstante, a echar la vista atrás solo para comprobar que tu perseguidor pasa de largo al agente cuando ambos se cruzan sin presarse atención siquiera. A continuación, ves cómo el policía se pierde en la niebla, fuera de tu alcance.

Echas la vista hacia delante de nuevo y la diriges al final de la calle.

Y sigues sin poder ver el final.

Sin embargo, logras apreciar varios borrones más. En esta ocasión, comprendes al instante que se tratan de personas; personas paseando por la calle 24.

Empiezas a gritar de nuevo, pidiendo ayuda muy a pesar de sospechar que no la recibirás.

Cuando el primer borrón está lo suficientemente cerca como para que logres diferenciarlo, tal visión casi te obliga a detenerte unas milésimas de segundos.

Se trata de un antiguo compañero de clase, uno con el que te llevabas especialmente bien y que hacía años que no veías.

Gritas, haces gestos como antes y, de igual forma, recibes la ignorancia. También aprecias los cables de los cascos que caen de sus orejas y en esta ocasión decides darle una embestida justo cuando llegas a su altura, para hacerlo caer al suelo.

Sientes el impacto y, por el mismo, cómo la niebla excesivamente densa de tu en derredor se agita. Te tambaleas y estás a punto de caer, pero te sostienes, buscas, pero no encuentras a tu antiguo compañero de clase.

Ya no volverás a verlo jamás. Lo sabes perfectamente.

En este instante notas un fuerte y agudo dolor en la espalda que te hace soltar un alarido.

Pero no te giras para enfrentarte a tu atacante. Instintivamente echas a correr de nuevo con los brazos extendidos tratando de apartar la niebla, con escaso éxito.

La herida de tu espalda te duele como si alguien estuviese cogiendo tu piel y estirándola a mala leche. Sientes el corte y la sangre derramarse para gotear al suelo.

Y eres consciente de que, si sigues corriendo, perderás la suficiente como para desangrarte. Eso si antes no te has ahogado en ella.

Ya ni siquiera te fijas en la gente que pasa por tu lado, asistiendo impasible a tu muerte, mientras escuchan música. Los reconoces a todos: familiares, amigos, compañeros de clase, del trabajo…, Pero a nadie le importas. Todos te ignoran y crees que, por ello, una vez mueras nadie te echará de menos.

Les gritas que les odias, a todos y cada uno, por abandonarte; por no hacer nada.

Por dejarte morir a solas.

Trastabillas otra vez y caes al suelo raspándote de nuevo los brazos con los adoquines.

Chillas de otra vez y tratas de levantarte pero…

Notas una fuerte presión en la herida de tu espalda que te hace soltar el alarido más grande que has soltado nunca.

Y comprendes que tu perseguidor te ha alcanzado y te está pisando para evitar que vuelvas a escaparte.

Y lo ha logrado, puesto que has perdido mucha sangre y sientes que las fuerzas y la adrenalina empiezan a abandonarte. Sientes también el frío más intenso, y no puedes evitar abandonarte a los temblores; a toser sangre sobre los adoquines y notar los pulmones llenos.

Vuelves a sentir una presión en tu brazo izquierdo que te pone boca arriba. Tu cuerpo ahora se halla sobre la puñalada de la espalda y te duele, pero sabes que has perdido todas las fuerzas cuando miras hacia tu atacante sumiéndote en sollozos.

Se le ha caído la capucha, y ahora puedes ver su rostro.

Y se trata de esa persona especial a quien has estado llamando. Esa persona a quién quieres por encima de todo, en quién confías y quién crees que jamás te traicionaría.

Esa persona que, ahora, precipita el puñal de plata hacia ti con la intención de apuñalarte el corazón.

Lo único que te da tiempo ver antes de morir es cómo, todas y cada una de las personas importantes para ti, esas que has visto caminar impasibles mientras te perseguían, se hallan tras tu atacante, mirándote.

Con una maquiavélica sonrisa en los labios.

Debes saber, no obstante, que cuando encuentren tu cuerpo este no presentará señales de apuñalamiento y que, una vez hagan la autopsia, diagnosticarán que has muerto por un ataque al corazón.

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