El Ángel de la Muerte (relato erótico)

«Muchos me llaman destino. Otros tantos me llaman ángel. Otros me llaman demonio. Y no soy ninguno, y a la vez los soy todos. Simplemente soy yo, suelo estar hambriento y ellos son mi comida.»

©Jonathan Naharro
Diseño de portada y corrección:
Jonathan Naharro

Imagen sacada de Pixabay


Cuando el muchacho despertó y miró a su alrededor lo primero que reflejó fue desconcierto. Al parecer, no reconocía aquel entorno desierto, todo cubierto de arena y donde solo se veía una ciudad hacia el norte, tan lejos que los altos edificios parecían minúsculos. Hacia el sur se elevaba una sierra con sus montañas grandes y orgullosas. Hacía calor, y yo sabía que el metal de las vías del tren debía abrasarle bajo la ropa empapada en sudor y de delgadas costuras.

De repente, pareció reparar en mí e hizo un ademán de levantarse, pero las cuerdas que le rodeaban muñecas y tobillos le impedían ponerse en pie, o siquiera moverse. Estaba atado a las vías. Y la realidad pareció golpearlo en ese instante. Su cara se descompuso al momento que empezaba a forcejear con las cuerdas, inútilmente.

Le seguí mirando atentamente y… le sonreí.

—Desátame, por favor —suplicó, y eso me gustó—. En serio tío, no tiene gracia.

Pero no le respondí, seguí mirando su forcejeo en vano. Cómo el sudor abundaba cada vez más en su camisa de color verde desgastado. Gotas del mismo acariciaban su frente y sus sienes cayendo del dorado, oscuro y corto cabello. Sus ojos, de un negro intenso, me miraban con demora, desconcierto, miedo… todas esas emociones que su aroma desprendía. Y que tanto me excitaban.

—Tío, en serio, por favor ¿por qué? ¡Ayúdame! —Pero yo volví a sonreír—. ¡Joder!

Empezó a hacer fuerza con ambas manos, poniéndose muy colorado. Así duró unos minutos. No aparté la mirada hasta que por fin se rindió y empezó a jadear, lo cual hizo que me decidiera por fin.

Me posé sobre él, que empezó a patalear y a preguntarme «¿qué coño haces?». Pero yo hice aparecer por arte de magia un rollo de cinta adhesiva en la palma de mi mano, y sus ojos se abrieron como platos haciéndole perder el habla. Acto seguido, arranqué un trozo y le tapé la boca sin darle tregua a quejarse. Él empezó a gruñir y a moverse con más brusquedad, y es entonces, cuando hablé por fin:

—¿Quieres que te libere? Muy bien, hagamos un trato. —Tras escuchar aquello, se quedó quieto. Aunque la desconfianza se asomó por sus ojos, que me miraban entreabiertos.

Me incliné hacia él y me quité la camiseta, que también estaba sudada ya que el sol abrasaba en aquél lugar desierto. Luego comencé a secarle el sudor con ella con sumo cuidado, del modo que una madre limpia a su hijo, mientras él temblaba de miedo y se aguantaba para no echarse a llorar. Le sequé las sienes, el cuello, el pecho y el abdomen. Bajo el hechizo de su atenta mirada, me llevé la camiseta a la cara y aspiré su aroma, dejando ir un suspiro de placer adrede para después lanzarle la sonrisa más diabólica que sé entonar. Después, me desabroché el botón del pantalón y dejé caer mi peso sobre él, apoyándome con los codos por encima de sus hombros. Sentí que todo su cuerpo se contraía y se ponía alerta, intuitivo.

—El tren vendrá en quince minutos —informé en un susurro, mientras le acariciaba el pelo, lo cual hizo que se pusiera aún más tenso y volviera a forcejear de otra vez—. ¡Cálmate! —grité con autoridad, y él se lo pensó un instante antes de volver a quedarse quieto, temblando—. Muy bien —reconocí sonriendo.

Dejé de acariciarle la cabeza para recorrerle el cuello suavemente con la yema de los dedos, recorriéndole los diminutos riachuelos que el sudor dejaba sobre su piel, sintiendo el tacto del discreto bello de su pecho y el latido de su sangre enloquecido sumado a sus tembleques y sollozos. Me sentía cautivado por el aroma de su miedo.

En un acto de valentía, volvió a patalear de nuevo y eso me obligó a soltarle tal bofetón que le giré la cara de golpe; dejándole la mejilla enrojecida como un melocotón.

—Escúchame, rubito. Si logras que me corra antes de que pasen esos quince minutos, te soltaré. Si no…

Callé, y él se volvió a quedar quieto. Su mirada, empañada de lágrimas, se rindió y lloró. Y yo supe que a partir de ese momento cooperaría. El joven no quería morir y haría lo que fuera para que lo desatase. Supe que ya podía quitarle la cinta adhesiva de la boca, así que chasqueé los dedos y esta desapareció sin causarle dolor alguno. Me gustaba que tuviese los labios finos.

En ese instante, acerqué mi cara a la suya y con mi nariz le recorrí la frente, el puente de su nariz e incluso los labios, sintiéndome dichoso al respirar su aliento. En ese momento algo amargo, pero pude apreciar un leve ramalazo de excitación. Y eso terminó de excitarme. Sin pensármelo dos veces, le lamí los labios y luego su lengua, con fervor pero suavemente. Y sentí que él, tímidamente, se dejaba llevar. Algo dentro de mí, y en el modo en el que el muchacho había aceptado mi lengua intrusa, me dijo que él quería rendirse al placer. Disfrutar de aquello. Así que decidí hacerlo disfrutar. Con mis pulgares acaricié sus pezones, con mi trasero su miembro casi asomado, que ya empezaba a abultarse.

—¿Por qué me haces esto…? —susurró cuando dejé de besarlo para centrarme en su cuello. El olor me excitaba, y el latido de la sangre en sus venas me invitaba a más, a morder, a beber, a devorar…

Me obligué a mí mismo no perder el control. A fin de cuentas, le había prometido al menos quince minutos. Y yo jamás falto a mis promesas. Decidí apartar mi rostro de su garganta y por ello comencé a lamerle el pecho. Noté cómo su respiración de agitaba levemente, y su temperatura ya empezaba a aumentar. Después me levanté y, utilizando el metal de las vías, me quité las botas para poder bajarme los pantalones y los calzoncillos, dejando mi cartucho desprovisto de su sombrilla particular e incluso sentí que brillaba cuando los rayos de sol golpearon su punta. El muchacho lo miró a sabiendas de lo que venía a continuación, y aproveché que abría la boca con la intención de rechistar para introducirlo en ella. Lo cual provocó que él tosiera.

Pero me daba igual.

El rozar de sus dientes me hacía daño y eso me gustaba. Sentía la humedad de su garganta comprimiéndomelo y ello me dio placer. El muchacho había optado por no perder más el tiempo y ayudaba con su lengua, rodeándome el miembro mientras tragaba para aumentar mi gozo. Le respondí el gesto cogiendo su cabeza con mis manos y presionándola con mucha fuerza contra mí, donde dejé escapar un gemido y saqué el cartucho de su boca para dejarle respirar entre toses.

—Joder… ¿quieres acabar… coff…migo sí o sí o qué? —se quejó.

—Tú me rechazaste —le recriminé—, pero querías probarme, lo sé —sonreí.

—¿Que lo sabes? —Le costaba un tanto hablar, pero no pareció importarle demasiado—. ¿En serio? ¿Tanto te quieres a ti mismo? ¡Joder! No me van los tíos, no me vas tú ¿Por qué no puedes entender eso?

—Porque… —empecé, inclinándome de nuevo sobre él con mi mano en su miembro, excesivamente empalmado y esperando un poco de mimo—, este me dice lo contrario. Además, huelo las emociones —expliqué mientras me encorvaba para acariciar su pecho con mi nariz—. Te gusta lo que te hago. No te atreves a aceptar una parte de ti mismo y eso es lo que acabará contigo. De todas formas, si sobrevives, tienes dos opciones: me puedes dejar mostrarte la belleza del mundo —le mordí un pezón y gocé con su grito, masajeé con más ímpetu su miembro con mi culo desnudo—, o enfrentarte a mí y tratar de vengarte por haberte violado —concluí mientras, en un visto y no visto, le desabroché los pantalones y se los bajé.

Él tembló un instante. Llegados a este punto no sabría decir si temblaba de miedo, o de placer, puesto que yo ya le masajeaba el miembro con la mano.

—La segunda suena bien —dijo no obstante, lanzándome una mirada asesina; aunque con un tono suave, por lo que dejé de masajear. Le aparté los calzoncillos y su miembro me saludó radiante, bonito, peludo como sus pezones.

Puse mi culo desnudo sobre él, me senté con fuerza dejando que su instrumento se deslizase sin llegar a penetrarme. En esta ocasión lo sentí gemir de tal modo que estoy seguro de que no se habría marchado de allí aunque lo hubiese desatado. Echó la cabeza hacia atrás, haciendo que se le marcasen las venas en la garganta, provocándome por lo que no me lo pensé dos veces. Coloqué bien su instrumento sexual y me impulsé bruscamente al tiempo que lo sentía penetrarme. El gesto le arrancó un nuevo gemido que yo disfruté al tiempo que disfrutaba del dolor que sentí tras la falta de dilatación. Su miembro se dobló en uno de los balanceos y resbaló haciéndolo gemir otra vez, por lo que lo tuve que recolocar con la mano, hecho que aproveché para clavarle las uñas y obligarlo a quejarse de dolor mientras no dejaba de llorar y gozar a la vez. No hizo falta sostenerlo, ya que tras aquello, se había puesto todo lo duro que podía y, con la ayuda del sudor que ambos desprendíamos, terminé de encajarlo dentro de mí otra vez.

Y aquello me arrancó un gemido a mí.

—¿Y luego qué? —pregunté moviéndome de arriba abajo—. ¿Vivir una vida agonizante? —espeté.

—¿Ago…oh… nizante por qué? —preguntó, con el mismo tono suave y ya sin poder reprimir los jadeos.

—Sin ser quién quieres ser, sin explorar las sensaciones que te pide el cuerpo. Sin nunca llegar a comprenderte a ti mismo. Por no saber mimarte ni quererte. Por sentirte… defectuoso. —No me resultaba difícil hablar manteniendo el tono, estoy más que acostumbrado al placer, llevo ya algún siglo experimentándolo y sé reprimirlo, contenerlo o disfrutar de él a la vez que como, hablo, leo o escribo sin perderme un solo detalle.

Y sin desaprovechar una sola milésima de segundo del placer que me otorgan.

El muchacho ya no quería seguir con la conversación. Sabía que yo tenía razón y pareció dejarse llevar por mis grotescos cuidados. Mientras su instrumento hervía en mi culo, su cuerpo sudaba a mares sustentado por la lluvia que mi propio sudor provocaba, en caída libre hacia su pecho bronceado, y hacia su estómago…

Y olía bien, muy bien. Todavía lo recuerdo, todavía me lo sigo beneficiando en mi cabeza de vez en cuando. De hecho, es una de mis imágenes favoritas cuando la pereza me dice que no tiene ganas de salir a buscar hombres, o mujeres, hambrientos de sexo y dispuestos a dejar que yo saboree su alma.

De modo que con mis manos acaricié su pecho suavemente, yéndome cada vez más hacia los laterales. Cogí su camisa de manga corta ya completamente empapada y la rompí de forma que sus brazos se veían completamente. Acaricié sus hombros, delgados pero musculosos. Luego, le arranqué un pelo de una axila, haciendo que él se quejara. Y después le hice cosquillas. Por ello, empezó a moverse con más fuerza bajo mi trasero y supe que le gustaba. De modo que esta vez volví a recorrerle la axila pero con mi lengua y él me folló con mucha más fuerza aún. Lo cierto es que aquello me gustaba y mucho, su aroma era éxtasis para mí. Me dejé llevar y dejé que mi aura se abriera para que él entrara. Sentí su alma a través de su miembro y su axila. La sentí en mi culo y en mi lengua y, a través de ese éxtasis, empecé a alimentarme de ella.

Su alma tenía un sabor exquisito. Sabía a placer, completa y absolutamente a placer. El muchacho nunca había probado un hombre y eso era lo que siempre había querido probar. Aquella situación había resultado ser más que perfecta para mí, ya que no me había costado nada conquistarlo. Sabía que me rechazaría, de hecho, ya tenía trazada mi fantasía en cuanto lo vi. Desde ese primer momento, él ya estaba destinado a las vías del tren, y a mí.

Muchos me llaman destino. Otros tantos me llaman ángel. Otros me llaman demonio. Y no soy ninguno. Y a la vez los soy todos. Simplemente soy yo, suelo estar hambriento y ellos son mi comida.

Aunque no todos tienen por qué tener un final fatal, a fin de cuentas.

Sentí cómo el muchacho se corría mientras gritaba de placer. Sentí su semen caliente en mi interior. Sentí su sudor más fuerte en ese momento.

Y aprecié una vibración en las vías, y supe que el tren empezaba a acercarse.

Él no se había percatado aún, estaba demasiado ocupado disfrutando de su orgasmo. El mejor orgasmo de su vida. Y puede que el último.

Me levanté y me alejé de él. Me quedé quieto a unos pasos de su cabeza, mientras él empezaba a buscarme con la mirada, y arrugando la frente.

—¿Qué haces? —preguntó.

Pero el pitido del tren lo interrumpió.

El muchacho dejó de mirarme para dirigir la mirada al vehículo, que se acercaba, amenazando con matarlo.

—Tío, creo que este es un buen momento para ser amable —inquirió con cierta urgencia, pero manteniendo el tono suave, esperando que eso fuese a salvarle la vida.

—Tú te has corrido, pero yo no —respondí.

Y empecé a masturbarme, así, con todo el morro del mundo, mientras lo miraba forcejear de nuevo.

Allí, todo sudado, medio desnudo, corrido, atado y a punto de morir tenía una pinta apetitosa. Me ponía, y sus gritos pidiendo auxilio eran un complemento perfecto. Mi miembro estaba a reventar, aunque no hubiera recibido mucho mimo ya que en aquella ocasión había optado por algo más light, no fuera que él se me hubiese ido antes de tiempo. El caso es que el aspecto barnizado de su piel es una imagen que supe que quedaría grabada de por vida en mi memoria.

El tren estaba a tan sólo unos metros cuando los gritos del muchacho se hicieron más intensos.

Los sentí en mi polla, con las bocanadas de aire que cogía con cada gemido que provocaba en mí su aroma. Mi éxtasis llegó a su clímax y llegó el momento de estallar justo en el instante en el que él desgarraba sus cuerdas vocales gritando:

—¡HIJO DE PUTAAAAAAAAAAAAAAAAA…!

¡CRASH!

Todavía me estaba corriendo cuando la sangre me salpicó. Gemí. Gemí como no había gemido nunca. Sentía un cosquilleo cada vez que seguía haciendo el movimiento de arriba abajo con mi mano en el cartucho, lo cual me sofocaba y me arrancaba sonrisas. Supongo que en aquél momento yo tendría cara de gilipollas, ahí, con un orgasmo de cojones y con el olor a placer y muerte aún impregnando mi cerebro.

—Rubito créeme, te he hecho un favor, y tú me lo has hecho a mí.

Y, sin más, desplegué mis alas de un plumaje negro como la noche —invisibles para el ojo humano— y salí volando de allí. No recuerdo si me dirigía al cielo o tal vez al infierno.

Me da igual, solo fue un vuelo más de mi tediosa eternidad sin alma.

 

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